
La transformación le comenzó en el pecho, donde sus tetillas se hincharon hasta alcanzar el tamaño de dos naranjas gemelas. Se le pronunció después la curva de las caderas, se le cayeron los vellos de la cara y del torso y el cabello le creció aceleradamente, descendiendo en suave cascada hasta los hombros, mientras las carnes de los brazos y los muslos se le aflojaban como flácidas vejigas desinfladas. El sexo se le cayó de entre las piernas, casi sin darse cuenta, una tarde en que esperaba sentado en un banco de la plaza pública la hora de la cena. Simplemente se le desprendió sin dolor y rodó lentamente por dentro de la pernera izquierda de sus pantalones hasta quedar inmóvil sobre la grava del suelo como un objeto despreciado e inútil. Una vez transmutado totalmente inició resignado una nueva existencia colmada de hermosas e íntimas prendas femeninas, cremas para el cutis, eficaces depiladores, perfumes franceses y musculosos amantes de ocasión. Uno de ellos, durante una sórdida cita en un hotelucho de mala muerte, después de oír de sus propios labios el secreto, lo despojó con rudeza de sus senos postizos, le arrancó brutalmente la peluca y le pateó el sexo con furia implacable hasta convencerle de que aún tenía y conservaría, por los siglos de los siglos, aquel objeto extraño y grotesco.
Virgilio Díaz Grullón