
Eran gemelos tan idénticos que ni su propia madre fue nunca capaz de
distinguirlos. Pero ese extraordinario parecido era tan solo exterior: desde muy
temprano sus personalidades fueron diferenciándose la una de la otra y, ya al
cumplir los cinco años de edad, la brecha temperamental que separaba a los
mellizos había devenido insuperable. Así, mientras el uno era arisco,
indisciplinado y mostraba definida vocación a la perversidad, el otro era
dulcemente comunicativo, suave de trato y compasivo con los demás. Aunque
siempre fueron inseparables y llenaban de travesuras compartidas la desolada
casona donde transcurrió su infancia, era evidente su diversidad de criterios para
discernir el bien del mal. Uno era todo el tiempo el que martirizaba los gatos,
clavaba alfileres a los insectos cautivos y decapitaba los lagartos, mientras el otro
se empeñaba en libertar los insectos capturados, curaba los pájaros heridos y
lloraba ante los cuerpos descuartizados de los gatos. Con el paso de los años esas
diferencias de carácter se acentuaron y, al llegar a la madurez, los gemelos eran
dos seres ubicados en los extremos opuestos de la conducta humana: el uno con
marcadas tendencias delictuosas y el otro viviendo una existencia honesta que le
ganaba el respeto de todos. El notable parecido físico entre ambos —que
permaneció siempre inalterable— provocó numerosas y divertidas confusiones
entre las personas que los trataron durante su vida (como víctimas en el caso de
uno, como seres agradecidos en el caso del otro), al punto que el día que ambos
murieron, a causa de un edema pulmonar, la circunstancia de que se sepultara
un solo cadáver produjo una curiosa disparidad de opiniones entre los asistentes
al sepelio: la mitad de estos creyó siempre que había presenciado el entierro de
uno y la otra mitad estuvo siempre convencida de que había sido testigo de la
sepultura del otro.
Virgilio Díaz Grullón