
Cada parte de mi cuerpo tiembla. Las voces son la muestra de que no estoy solo. Pero lo estoy. Estoy solo, mirando el finito verde bajo mis pies. El viento sopla con la misma calma en que el agua produce pequeñas ondas, y siento envidia.
Inhalo, intentando absorber el tiempo perdido o las fuerzas que ya no están. Nunca lo sabré. Exhalo el pequeño rastro de duda que aún quedaba, y salto.
Ellas saltan conmigo, me repiten una y otra vez que he hecho bien. Me dejan saber que no estoy solo en ningún momento, y mucho menos en el momento del adiós.
Mi cuerpo se humedece en tan sólo un segundo. Todo es oscuridad hasta que abro los ojos, pero no me muevo. Cada músculo de mi cuerpo lucha por tomar vida propia para poder salir, pero no los dejo. Los sostengo del mismo modo en que me sostienen mis acompañantes.
Arde. Mi interior es como una llama que quema cada pulmón. Arden en busca de un poco de aire que los apacigüe, pero no les doy lo que quieren. Como nunca obtuve de ellos lo que quería.
Trago agua una y otra vez, esperando pacientemente ese momento que tanto hemos anhelado. Sonrío, mi cuerpo va perdiendo fuerzas y voy cada vez más abajo.
Dicen que la vida pasa ante tus ojos en tus últimos momentos. Yo no vi nada. Sólo sentí mi corazón latiendo cada vez más rápido y el frío picando cada parte de mi cuerpo. Sólo los escuché intentando salir de allí y escapar, pero no pudieron. Estuvimos atados por años, una última experiencia nos mantenía unidos.
Entonces caí. Caí hacia lo más profundo. Ningún músculo luchó más, tampoco las escuché más. Sólo tranquilidad y una sonrisa de satisfacción.
Ana Alvarez